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Fugaz

Mave (Palencia). 21 de abril de 2018

Cuando era pequeño me pasaba los días esperando ilusionado a que llegasen otros días. No sólo los más señalados como la noche de reyes o mi cumpleaños sino momentos menos trascendentales como una excursión, una visita deseada… o el final de la clase. Sin embargo, a medida que crecía, me daba cuenta de que esa espera, con frecuencia, concluía en decepción. Bien porque no alcanzaba las expectativas, bien porque pasaba tan rápido que no llegaba a disfrutar lo que tanto había anhelado. Así, a fuerza de desilusiones aprendí a disfrutar el momento: ese breve espacio de tiempo que ya se ha ido casi antes de llegar pero que, cuando lo aprovechas, deja una estela en la memoria que tarda en desaparecer.

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Fantasma

Ourense. Agosto 2012

Había una estación fantasma. Todas las tardes al volver de clase la veíamos. Interrumpíamos la conversación para observar cómo pasaba a toda velocidad a través de las ventanillas e inventábamos historias que transcurrían en sus andenes abandonados. Después, recuperábamos la realidad del vagón repleto de caras vacías que regresaban, aunque nosotros sólo veíamos figuras difuminadas, ajenas a nuestras ilusiones. Cada día se producía un instante de silencio cuando nuestras miradas se cruzaban y un cosquilleo subía desde el ombligo hasta la garganta. Entonces llegaba mi parada y bajaba volviendo la mirada para observar como ella quedaba sola en un rincón del vagón, abrazando el libro de inglés.

Emboscada

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Diciembre 2009

El traqueteo de los vagones me destrozaba la espalda y ya no sabía cómo colocarme. Me asomé a la ventanilla y la espesa nube de humo que escupía la chimenea me devolvió al asiento. Traté de dormir pero en una curva los pitidos de la locomotora me espabilaron. Entonces los descubrí. A través del sucio cristal, escondidos tras los cantiles de yeso, un ejército de guerreros de traje y corbata, armados con maletines, vigilaban el avance de nuestro convoy.

Adiós

Oporto (Portugal). Junio 2008

Quizá en manga corta y con el sol brillando no habría llorado pero en las despedidas llueve, la gente lleva prisa y maletas y los trenes silban para recordar que nunca esperan a un abrazo.
Por eso aquella despedida fue en invierno, como otras, en una estación, como la mayoría, y los murmullos de alrededor podrían ser gente o viento o chirridos de vagones porque ellos sólo escuchaban latidos marcados por un segundero loco que no respetaba el compás del tiempo y aceleraba los minutos conforme los corazones se apuraban. El tren silbaba y los brazos se rompían aunque las miradas se enlazasen. El vagón se tragó un cuerpo y las escaleras mecánicas arrastraron el otro.