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Escape

Sofía (Bulgaria). Marzo 2018

Necesitaba un escape. Los contratiempos en el trabajo, las discusiones con la familia, las dudas personales… todas las gotas se habían acumulado hasta casi rebosar el vaso. Por eso salí a la calle. Sin teléfono, sin cartera, sin rumbo. Con apenas unas monedas en el bolsillo y mis zapatos, caminé. Bajé por la avenida hasta los límites del barrio y crucé el río para adentrarme en la ciudad. Las tiendas, las casas, las caras, las ropas iban cambiando su fisonomía pero aún reconocía la ciudad. Tras demasiados pasos me entró sed y busqué un bar. Entré en el más normal que pude encontrar. Los camareros vestían mejor que en los de mi barrio y las tapas del mostrador estaban mejor decoradas pero las puertas abiertas, el bullicio y los clientes ante la barra no diferían en exceso. Pedí una caña y me la pusieron; no una copa como hacen en muchos sitios cuando les pides la tradicional caña de veinte centilitros. Con su aperitivo y todo. Calmada mi sed pedí la cuenta y observé al camarero hacer números. Al cabo de un rato, levantó la cabeza y dijo: “Diecinueve euros”. Pensé que le habían pedido otra cuenta más y miré a mi alrededor pero él, mirándome fijamente a la cara insistió: “diecinueve euros”. No sólo no llevaba tal cantidad encima sino que me negaba a pagar por una caña lo que en mi barrio cuestan diez y se lo dije. Él insistió y yo en mi negativa. Al poco despertamos la curiosidad de los otros clientes que se decantaban por uno u otro bando según los casos. Cuando comprendí que la discusión no terminaría en acuerdo, me escapé.

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Zapatillas

Alcalá de Henares (Madrid). Marzo 2014
Alcalá de Henares (Madrid). Marzo 2014

El día que calcé mis primeras zapatillas de deporte acudí al colegio casi volando. Hasta entonces sólo había llevado zapatones ortopédicos que me anclaban al suelo separándome del resto de niños que saltaban. Quizá por eso nunca terminé de unirme al grupo a pesar de que aquel primer día todos me rodearon fascinados con mis deportivas nuevas. No faltó el listo que las criticó por que les faltaba nosequé dibujo en el estampado que, por lo visto, resultaba imprescindible para ser admitido en el grupo de los elegidos. Al principio me ofendí, sí, pero al poco me di cuenta de que, aun sin ese dibujo, yo volaba gracias a mis zapatillas nuevas y que, bien pensado, no se estaba nada mal solo.

Taberna

Vila do Conde (Portugal). Junio 2008

Por las puertas abiertas de par en par al horizonte la brisa marina entra como si estuviese en su casa, la casa del viento; la casa del mar en la que las mesas huelen a salitre y los pescados decoran las paredes y llenan los pucheros. Todo es mar en la taberna azul y los clientes entran y salen como olas que rozan la playa pero la sal se queda dentro y algo del mar se va con ellos.

Dedicado a los marineros, hoy día del Carmen

Café solo

Lisboa (Portugal). Noviembre 2007

Quizá ya no te acuerdes pero este viaje lo planeamos juntos. Tú ponías los conocimientos de portugués, la risa, tu cabello ondulado como las colinas lisboetas. También ponías los besos, claro… y el amor de entonces. Yo ponía… yo ponía… bueno, yo ponía el coche y las ganas. Lo pienso ahora, sentado en la mesa de este bello mirador mientras tomo solo un café solo y acuden a mi cabeza recuerdos imaginados con sabor de pasteles no compartidos entre el humo de las castanheiras o con el aroma del jabón aireado en la ropa recién tendida en los balcones de las estrechas calles empinadas. Esas calles por las que te supongo caminando cogida de mi brazo o persiguiéndome entre risas cuesta arriba.

Desayuno

París. Julio 2009
París. Julio 2006

Sonaba un tango, Coltrane, Fitzgerald, Brassans, Morleau o cualquier otra deliciosa melodía con la que despertábamos en nuestro pequeño ático destartalado mientras desayunábamos desnudos en la terraza croissant au beurre recién traídos cada mañana de la boulangerie del barrio. Lo pasamos bien mientras nos creímos parisinos personajes de Cortázar.