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Gracias

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Septiembre 2017

Era tiempo de vendimia, de recoger los higos, las almendras y los últimos tomates. Pero, aunque el extrarradio aún estaba a medio hacer, los huertos ya se habían convertido en descampados, calles sin asfaltar y bloques de hormigón para acoger a los venidos del pueblo. Hacia el medio día, el teléfono de la lechería, uno de los pocos que había en el barrio, sonó y mi padre, que no había podido asistir al parto, salió corriendo a la calle al recibir la noticia: “¡Es niño, es niño! ¡Uno como yo! ¡Uno como yo!”. Más o menos, así me lo contaron porque yo, claro, no estaba allí. Me encontraba en la maternidad con mi madre y meando en las gafas a la enfermera que me cambiaba los pañales. Aunque de esto tampoco me acuerdo.

Desde entonces han pasado cincuenta y cuatro septiembres de resol y uvas, penas y alegrías, encuentros y pérdidas. Cincuenta y cuatro septiembres que recibo con la alegría de un racimo repleto y con la dulzura de un higo reventón aunque a veces las almendras salgan amargas.

Hoy, como todos los días como hoy, doy las gracias y soy feliz.

 

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Vacaciones

Granada. Septiembre 2011

Aquel fue el último verano que viajamos todos juntos. La mayor conoció a un chico nada más empezar la universidad y poco a poco dejamos de verla. La pequeña pronto dijo que se aburría con nosotros y empezó a planificar sus vacaciones con amigas del instituto. Al verano siguiente viajamos solos y el silencio fue llenando el espacio que dejaron las niñas. Cuando, según decían todos, deberíamos haber comenzado a disfrutar de nuestro tiempo, nos dimos cuenta de que ya no teníamos nada más que decir y perdimos el sentido a patear lugares extraños. Años después comencé a recorrer solo los mismos sitios que habíamos conocido juntos.