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Fugaz

Mave (Palencia). 21 de abril de 2018

Cuando era pequeño me pasaba los días esperando ilusionado a que llegasen otros días. No sólo los más señalados como la noche de reyes o mi cumpleaños sino momentos menos trascendentales como una excursión, una visita deseada… o el final de la clase. Sin embargo, a medida que crecía, me daba cuenta de que esa espera, con frecuencia, concluía en decepción. Bien porque no alcanzaba las expectativas, bien porque pasaba tan rápido que no llegaba a disfrutar lo que tanto había anhelado. Así, a fuerza de desilusiones aprendí a disfrutar el momento: ese breve espacio de tiempo que ya se ha ido casi antes de llegar pero que, cuando lo aprovechas, deja una estela en la memoria que tarda en desaparecer.

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Rodrigues
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De Rodríguez

Rodrigues
Tavira (Portugal). Agosto 2018

Antonio Rodrígues llevaba casado más años de los que la memoria inmediata podía recordarle. Mariposas y arrebatos se perdieron entre el alcanfor de los armarios mientras la costumbre se asentaba en sábanas y pucheros. Cuando su mujer le avisó de que el trabajo la obligaría a ausentarse de casa durante unos días, intentó disimular la alegría que le producía la inesperada oportunidad de libertad; los planes se atropellaban en su agenda mental. Acudió al aeropuerto a despedirla y se le hicieron eternos los minutos que tardó en atravesar la puerta de embarque. Entonces se dijo: “¡Soy libre!”. Pero tras unas cuantas llamadas sin respuesta, algunos paseos en soledad, más cervezas de las convenientes y varias películas que su mujer detestaba, empezó a contar las horas que faltaban para su regreso.

El Yaki

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Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Noviembre 2014

Santiago Peláez siempre fue muy guapo. En clase tenía locas, no sólo a las niñas sino también a las profesoras, que le sonreían aunque nunca hiciese los deberes. Por eso y su simpatía, no tardó en ejercerse en líder: a su alrededor orbitaban permanentemente sus admiradores pero también los envidiosos que, aunque no se atrevieran a confesarlo, no eran pocos. En el barrio todos le conocían por “El Yaki”, no se sabe bien si porque alguien derivó su nombre o porque hablaba juntando las palabras y con frecuencia decía frases como: “Yakistamos tos, podímos jugarlgo”. Un día dejé de verlo por el barrio. Se oían muchas razones: que habían encarcelado a su padre, que su madre se lo había llevado al pueblo… el caso es que nunca volví a saber de él hasta que una mañana lo encontré repartiendo prensa en su furgón.

Ronda

Malasaña
Madrid. Julio 2014

Entonces deambulaba por los bares, (Noche de ronda… ¡Qué triste pasa! ¡Qué triste cruza por mi balcón!) sin querer llegar a casa (Noche de ronda ¡Cómo me hiere! ¡Cómo lastima mi corazón!) por miedo a encontrar tu ausencia (Luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad ¿A dónde vas?) mientras buscaba la sombra de tu sonrisa (Dime si esta noche tú te vas de ronda como ella se fue) en cada boca frívola. (Dile que la quiero, dile que me muero de tanto esperar. ¡Qué vuelva ya!). Entonces deambulaba por la noche (Que las rondas no son buenas, que hacen daño) sin contar las botellas, ignorando las horas, ensuciando las calles, recordándote siempre (Que dan penas, que se acaba por llorar).

Con la ayuda de D. Agustín Lara que también tuvo Noches de Ronda

Tacones

Madrid. Junio 2014
Madrid. Junio 2014

Me gustó nada más verla. Unas piernas interminables sostenían la esbelta figura que remataba la llamarada de su melena. El permanente brillo de sus ojos aceituna y una boca siempre sonriente me distrajeron de mirar sus pies. Quizá fueran semanas lo que a mí me parecieron siglos hasta que la tomé por el talle y, mirándole a los ojos, la besé. Fue entonces, al tener que alzarme ligeramente para alcanzar sus labios, cuando me di cuenta de la altura de sus tacones aunque le quité importancia. En los primeros paseos desarrollé una técnica, de manera casi inconsciente, que consistía en alzar ligeramente la cadera en el momento preciso en que apoyaba el pie; así nuestras alturas casi se igualaban -al menos durante unos segundos- y mis complejos se velaban ante el orgullo de caminar a la sombra de aquella hembra. Los días transcurrían felices en nuestra idílica nube hasta que llegaron las rebajas y me pidió que la acompañara a la zapatería. Mientras yo rebuscaba entre los estantes las más bellas sandalias planas, ella insistía en escoger los tacones más altos. A veces negociábamos pactos de cuatro centímetros pero la mayoría salíamos de la tienda discutiendo y sin zapatos. Entre escaparates discurrieron nuestras primeras discusiones que desembocaron en un final amargo. Al cabo de unos meses volví a verla. Caminaba del brazo de un apuesto joven que le sacaba una cabeza. La miré a los pies y… me encantaron sus zapatillas deportivas.

Soledad

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Abril 2014
Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Abril 2014

A veces coincide con el frío pero no siempre por eso no quiero usarlo de excusa. Sucede que lo externo se vuelve extraño. Se alían las cuentas bancarias con los vecinos, los electrodomésticos con los amigos y el clima con la familia; todos juntos contra mi firmeza. Entonces no quiero nada salvo lo que me conforta: el calor, el silencio, el tiempo, la brisa, una cerveza y la mejor compañía: mi soledad.

Big Bang

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Marzo 2014
Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Marzo 2014

La luz cenital derramada sobre el tapiz creaba un dramático claroscuro contra nuestros cuerpos apoyados en la banda del billar. Pendientes sólo del arrebato, no nos dimos cuenta de la carambola a pesar de que todas las bolas de la mesa salieron despedidas como en “La Gran Explosión” con que todo comenzó. Nadie que hubiera visto la intensidad de los besos y la temperatura que alcanzó la sala se atrevería a discutir sobre el origen del universo ni a negar la existencia del amor fugaz. Como las bolas encima de la pizarra, mis dedos se expandieron por su espalda creando un infinito cosmos de caricias comparable sólo a sus cabellos rojizos que, como perseidas caían por mis manos. Comprendí, por fin, la teoría del caos cuando, atraído por la fuerza que me unía a su órbita nos amamos sobre el tapiz hasta que un camarero nos separó. Sin resolver la ecuación, nos confinaron a la barra del bar. El final siempre es impredecible.