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Botas

Bagshot (Reino Unido). Febrero 2018

Afuera llovía y los caminos se derramaban sobre las cunetas esperando en vano nuestras pisadas. Afuera llovía y el agua formaba una cortina que emborronaba los álamos que escoltaban el camino que no anduvimos. Afuera llovía y las gotas golpeaban contra las ventanas reclamando nuestros pies para jugar con los charcos. Dentro me amabas, el cristal se empañaba y las botas se morían de aburrimiento en un rincón.

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Caramelo

Madrid. Noviembre 2014
Madrid. Noviembre 2014

Bajo la lluvia te espero con la sonrisa en los labios, con el deseo de un beso que cure los desagravios de tu amargo retraso que me tiene en vilo contando caer las hojas ya del chopo, ya del tilo. Y aunque dulce es la espera cuando el ansia es placentera, viendo pasar la gente llevo ya un buen rato; miro el reloj y pienso que soy para ti un pazguato, un simple, un bobo, un lelo que aún te sigue esperando frente a la tienda del caramelo.

Paraguas

Madrid. Noviembre 2014
Madrid. Noviembre 2014

Una vez tuve un paraguas. Amaneció nublado y mi madre se empeñó en que no fuera desprotegido: “que luego te pones malo”. Al salir de clase llovía a cántaros y Maricarmen esperaba en el patio, bajo un alero, mirando al cielo inquieta. Me ofrecí a llevarla y aceptó. Antes nunca habíamos hablado; aquel era su primer año en el colegio y apenas hacía un mes que había comenzado el curso. Bajo el techo de nailon comenzamos a conocernos mientras arrimaba su cuerpo al mío para evitar mojarse. El agua que resbalaba por las varillas formaba una cortina que nos aislaba del mundo. En aquel hogar me sentí feliz. “Ya no llueve”, me dijo de repente cerca de su portal. Cerré el paraguas y lo olvidé en el suelo mientras nos despedíamos. Supongo que mi madre recriminó mi olvido pero también olvidé la reprimenda para conservar el momento en que nuestras manos se rozaron para sujetar mejor la sombrilla. Maricarmen salió del colegio al año siguiente y yo nunca he vuelto a llevar paraguas.

Amarte

Madrid. Noviembre 2014
Madrid. Noviembre 2014

Plutón desarrolla estos días una inusitada actividad geológica mientras en nuestra calle llueve. Los geólogos estudian el proceso y tú no sabes qué ponerte. Más allá de Neptuno debe hacer frío pero queda lejos, como tu amor. Y aunque el sol caliente más en Venus, ni siquiera tengo ganas de ir a Marte, tan solo quiero amarte aquí, en el corazón de la ciudad.

Memoria

Madrid. Diciembre 2013
Madrid. Diciembre 2013

Quizá ya ni recuerdes que te amé porque hoy se pierde entre las sombras. O quizá en tu memoria intermitente mi imagen se presente como en mí el aroma de tu piel. Yo, que te adoré como a una diosa desde el día primero en que te vi, hoy, sin templo y sin rosario, pasado ya por el calvario, rara vez me encomiendo a ti. Pero siguen presentes los sabores, siempre dulces -ya borré los amargores- que aquellas tardes robadas me diste y cuando acuden me pregunto si alguna vez aún te acuerdas de mí.

Paraguas

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Marzo 2013
Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Marzo 2013

Nunca tuve paraguas. Quizá por eso recuerdo de manera especial los paseos que camino protegido bajo la lluvia. Como no me importa correr sobre los charcos nunca tuve paraguas pero me gusta el repiqueteo de las gotas sobre el tejado de nailon en las tardes de otoño. Cuando arrecia la tormenta me resguardo en un zaguán y veo chorrear el agua por los canalones pero ni en entonces quiero paraguas. Prefiero el tuyo. Para arrimarnos bajo el hogar plegable, sonreír cuando se rozan las manos, emparejar mis pasos con los tuyos y volver a mirarte a los ojos mientras fuera llueve.

Llovía

Madrid. Noviembre 2010

Quizá en manga corta y con el sol brillando no habría llorado pero en las despedidas llueve, la gente lleva prisa y maletas y los trenes silban para recordar que nunca esperan por un abrazo.
Por eso aquella despedida fue en invierno, como otras, en una estación, como la mayoría y los murmullos de alrededor podrían ser gente o viento o chirridos de vagones porque ellos sólo escuchaban latidos marcados por un segundero loco que no respetaba el compás del tiempo y aceleraba los minutos conforme los corazones se apuraban. El tren silbaba y los brazos se rompían aunque las miradas se enlazasen. El vagón se tragó un cuerpo y las escaleras mecánicas arrastraron el otro.
Llovía, como en todas las despedidas, y mientras por las ventanillas del vagón desfilaban acuarelas de verde y gris, la gotera de una mejilla cortocircuitó una sonrisa.