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Comedor

Madrid. Marzo de 2018

Cuando terminaban las clases de la mañana acudíamos al comedor. Nos separaban en dos grupos: los pensionistas, a las mesas de la derecha; los mediopensionistas, a las de la izquierda. A los primeros les servían la comida elaborada en el colegio; a los otros, entre los que me encontraba yo, la tartera que nuestra madre nos había preparado la noche anterior. Llegada la hora, se abrían las puertas abatibles que daban a una cocina que nunca llegué a ver y aparecían los carros que transportaban nuestra comida recién recalentada. En una tartera de aluminio que todavía conservo, llegaba el fino cordón que me unía al hogar. Rara vez sabía de antemano qué me esperaba en el interior de esos dos compartimentos metálicos, pero, aunque no siempre me gustara el contenido, en cada plato encontraba el cariño que me aliviaba de los rigores escolares.

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Derretido

Muñana (Ávila). Marzo 2012

Cuando llegué al parque y lo encontré vacío, una congoja me cortó la respiración. Me senté a esperar en el mismo banco desde donde nuestros padres nos vigilaban y vi pasar la tarde lenta.  El bombón que había robado a los postres se derretía entre mis dedos sin que ella pudiera llegar a probarlo. Entonces aún no sabía que la habían castigado sin salir y mi corazón, como el chocolate inútil, se fundió con el estómago encogido.

Gimnasia

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Noviembre 2011

La clase de gimnasia siempre supuso un suplicio. Comenzaba a ponerme nervioso desde por la mañana al vestirme con el chándal reglamentario y cuando, horas después, sonaba el timbre para bajar al patio, el pánico me bloqueaba. Los más ágiles y fuertes disfrutaban con los ejercicios y exhibían sus habilidades sobre el plinto como gallos encaramados a un palo. Los débiles y torpes nos escondíamos al final de la fila confiando en pasar inadvertidos ante los ojos medidores del profesor. No recuerdo que nunca se conjugaran los verbos “participar”, “aprender” o “disfrutar”. Los adverbios comparativos y el único objetivo de la victoria aumentaban constantemente los tiempos a batir, las alturas a saltar o el peso a lanzar consiguiendo así aumentar las distancias entre ganadores y perdedores. Solo muchos años después, con el cronómetro ya olvidado, comencé a disfrutar del ejercicio.