Rodrigues
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De Rodríguez

Rodrigues
Tavira (Portugal). Agosto 2018

Antonio Rodrígues llevaba casado más años de los que la memoria inmediata podía recordarle. Mariposas y arrebatos se perdieron entre el alcanfor de los armarios mientras la costumbre se asentaba en sábanas y pucheros. Cuando su mujer le avisó de que el trabajo la obligaría a ausentarse de casa durante unos días, intentó disimular la alegría que le producía la inesperada oportunidad de libertad; los planes se atropellaban en su agenda mental. Acudió al aeropuerto a despedirla y se le hicieron eternos los minutos que tardó en atravesar la puerta de embarque. Entonces se dijo: “¡Soy libre!”. Pero tras unas cuantas llamadas sin respuesta, algunos paseos en soledad, más cervezas de las convenientes y varias películas que su mujer detestaba, empezó a contar las horas que faltaban para su regreso.

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Estilo

Altea (Alicante). Marzo 2015

Juan Campecho estaba tan bien considerado en su ciudad como su padre, Juan Campecho, aunque por motivos bien distintos. Si el progenitor se ganó el cariño y el respeto de sus vecinos por su afecto y fraternidad, el hijo compró la admiración gracias a la ventaja que le proporcionaron algunos negocios afortunados. Así, los principales capitales de la localidad, con sus respectivos satélites, veneraban la valía de Juan proporcionalmente a sus rentas y a los beneficios que éstas pudieran revertirles. Campecho padre no veía con muy buenos ojos las mercaderías de su hijo, alejadas por completo del futuro solidario que había imaginado para él y los suyos. Hijo –le dijo un día– haz que te quieran por ser tú mismo, el cariño no se compra con dinero. Juanito contestó con una sonrisa socarrona y salió a la calle, orgulloso de su estilo y personalidad.

De fondo: “La Belleza”, de L.E. Aute

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Frío

San Martín de Trevejo (Cáceres). Enero 2015

Obdulio Chaves se levantó aquella mañana como todas las mañanas. En vez de mirar al reloj se asomó a la ventana y comprobó que el sol comenzaba a asomar por la loma. No hay derecho, pensó con las lágrimas a punto de brotar y miró de soslayo a la cama vacía. Después de asearse un poco, sin prisa ni entusiasmo se vistió con la misma ropa que el día anterior había dejado sobre la silla y en la cocina se preparó un tazón de sopas de leche aguadas con llanto. Recogió todo meticulosamente y se sentó a mirar las paredes, los enseres, el suelo, la silla de enfrente vacía. Así pasaron varias horas, o minutos, quizá días y se levantó. Salió al corral y cogió algo de leña. Hacía frío.

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Sesenta y cuatro

Valencia. Diciembre 2014

¿Te acuerdas cuando cantábamos la canción medio en broma? “cuando envejezca y pierda mi cabello… ¡aún quedan muchos años!” pero poco después empecé a quedarme calvo. Más de una madrugada me estuviste esperando y alguna que otra me cerraste la puerta para castigarme. Con algo de esfuerzo y tu voluntad ahorradora conseguimos aquella casita en la que tú tejías al caer las tardes de invierno mientras yo cuidaba el jardín; sí, sí, justo como decía la canción, con los nietos correteando. ¡Quién nos iba a decir que aquellas estrofas de las que casi nos burlábamos serían nuestra biografía! Y ahora aquí estamos, “dando un paseo el domingo por la mañana”, a punto de llegar a los sesenta y cuatro ¿Todavía me necesitas?

De fondo: “When I’m sixty four”, de Lennon y McCartney

Espera

Madrid. Julio 2014
Madrid. Julio 2014

Dudé si decirle la verdad pero… ¿Acaso es más cierta una imagen que la esperanza? Por eso me fui sin preguntarle cuánto tiempo seguiría esperando. Temía la respuesta. Ni siquiera miró el reloj. Quizá supiera que nunca llegaría pero también que mientras permaneciese allí duraría la ilusión.

Huída

Madrid. Junio 2014
Madrid. Junio 2014

Aún no sé por qué me fui. Sonaba “Shoud I stay or should I go” y ella se acercó a la barra para pedir una cerveza. Entonces tomé la decisión aunque no encontrase motivos. El volúmen de la música dificultaba la conversación y aún así escuché sus latidos; la luz tenue y el humo dificultaban la visibilidad y aún así sorprendí a sus pupilas. Pero me fui con el eco aún reciente del último compás de los Clash. Con el beso de despedida colocó en mi mejilla una gota de decepción que yo correspondí con otras de disculpa. Quizá debiera haber resuelto la eterna duda de la canción pidiendo otra cerveza y remedando a las parejas que se enredaban en los rincones oscuros. Pero me fui y nació este blues.