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Pacifista

Plovdiv (Bulgaria). Marzo 2018

Una vez soñé que empezaba la guerra. Los dirigentes de los bandos contendientes reunían bajo la carpa de un enorme circo a una amplia representación de sus súbditos, entre los que me encontraba yo, para formalizar el comienzo. El acto consistía en sortear quien lanzaba el primer disparo; el agraciado debía apuntar a las gradas en que se encontraban los vasallos contrarios y disparar al tun tun. El azar quiso que el balazo acabase en mi cuello con tal dolor que me desperté. Ese día aparqué todas mis armas: el tirachinas, la carabina de aire comprimido, los palos que simulaban espadas… y me hice pacifista.

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Seguridad

El Campello (Alicante). Enero 2014
El Campello (Alicante). Enero 2014

Como no me gustan las cadenas ni las rejas prefiero vivir expuesto a los robos que sometido a mi propia cárcel. Claro que… así me va. Por no tomar las debidas precauciones, esta mañana encontré que tres macetas de plástico compradas en un gran almacén de decoración por menos de un euro cada una y adornadas con plantas procedentes de esquejes habían “volado” de mi puerta. Espero que el ladrón las cuide y su contemplación le enriquezca o que le remuerda la conciencia cada vez que las vea, allá él o ella. Mientras, mi puerta está un poco más triste que de costumbre pero no lamento la pérdida material sino la aparición del miedo porque ahora temo que desaparezca el felpudo y me asomo cada media hora a comprobar que sigue en su sitio. Hoy entiendo un poco mejor a quienes se empeñan en extremar las medidas de seguridad.

Para lavar

Nuévalos (Zaragoza). Julio 2011

La camisa negra se retiró, muy cansada, al cesto de la ropa sucia. Había sido un duro día.

Amaneció antes de tiempo, pues no le tocaba trabajar, pero todas sus compañeras estaban indispuestas. El calor artificial de la oficina la impregnó de sudor prematuro y, a medida que avanzaba la mañana, iba perdiendo su compostura. Después, el humo del tabaco y el olor a frito en ese restaurante abarrotado y ruidoso la dejaron sin deseos de volver a estirarse en el despacho; su mal aspecto aumentaba al tiempo que su fatiga. Pero aún no podría descansar pues sustituyó a una raída camiseta durante unas horas de agitación y le exigieron que mostrara su mejor cara para la reunión posterior en la que, además, recibió abrazos y palmadas en la espalda. La luz de la calle se confundía con su color y debía seguir allí, pegada a ese cuerpo al que llevaba horas acompañando sin tener ocasión de despegarse unos minutos siquiera para respirar. Ya no sabía que talante lucir en la fiesta. Le salpicó la nube de un estornudo, la baba de un bebé, el aliño de una ensalada, tres gotas de vino tinto, algunas migas de tarta de fresa, los pelos del gato, la espuma del fregadero y la comisura de un beso.
Y cuando creía que su trabajo había terminado, la despertaron para empapar los ríos desbordados de la pasión.

Más lavadoras.