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Escape

Sofía (Bulgaria). Marzo 2018

Necesitaba un escape. Los contratiempos en el trabajo, las discusiones con la familia, las dudas personales… todas las gotas se habían acumulado hasta casi rebosar el vaso. Por eso salí a la calle. Sin teléfono, sin cartera, sin rumbo. Con apenas unas monedas en el bolsillo y mis zapatos, caminé. Bajé por la avenida hasta los límites del barrio y crucé el río para adentrarme en la ciudad. Las tiendas, las casas, las caras, las ropas iban cambiando su fisonomía pero aún reconocía la ciudad. Tras demasiados pasos me entró sed y busqué un bar. Entré en el más normal que pude encontrar. Los camareros vestían mejor que en los de mi barrio y las tapas del mostrador estaban mejor decoradas pero las puertas abiertas, el bullicio y los clientes ante la barra no diferían en exceso. Pedí una caña y me la pusieron; no una copa como hacen en muchos sitios cuando les pides la tradicional caña de veinte centilitros. Con su aperitivo y todo. Calmada mi sed pedí la cuenta y observé al camarero hacer números. Al cabo de un rato, levantó la cabeza y dijo: “Diecinueve euros”. Pensé que le habían pedido otra cuenta más y miré a mi alrededor pero él, mirándome fijamente a la cara insistió: “diecinueve euros”. No sólo no llevaba tal cantidad encima sino que me negaba a pagar por una caña lo que en mi barrio cuestan diez y se lo dije. Él insistió y yo en mi negativa. Al poco despertamos la curiosidad de los otros clientes que se decantaban por uno u otro bando según los casos. Cuando comprendí que la discusión no terminaría en acuerdo, me escapé.

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Comestibles

Cifuentes (Guadalajara). Noviembre 2012

El día que regresé a las calles donde había jugado, los recuerdos se acumularon de golpe en el pecho hasta que se derramaron por los ojos. Poco habían cambiado los ladrillos o las aceras pero el vendaval del tiempo había barrido la vida. El tendero de la esquina donde compraba las chucherías, la señora que iba a la compra con aquella niña que me sonreía, los compañeros de gamberradas… habían echado el cierre o esperaban comprador a precio de saldo. Quité los colores, añadí movimiento y pantalones cortos para que durante un instante volviera el barrio que fue. Sólo así desaparecieron los letreros de “se vende” y bajo las lágrimas brotó una sonrisa.

Barrio

El Cairo (Egipto). Junio 2010

Mi padre ha contado muchas veces que cuando llegó a la capital con el éxodo rural se ganó la vida, entre otras muchas ocupaciones, repartiendo leche en un triciclo. Aunque nunca llegué a conocer el vehículo de mi padre, recuerdo vagamente algunos de esos artilugios circulando por la ciudad de mi infancia. También recuerdo el barrio, con las mujeres acudiendo a comprar la leche, el pan y otros alimentos imprescindibles para ese día. La prisa ausente permitía improvisadas charlas en mitad de la calle sin tráfico mientras algún vendedor ambulante ofrecía su mercancía. A veces, visitando países del sur, no me siento extraño sino que veo mi infancia, mi barrio e incluso a mi padre repartiendo leche con su triciclo.

Testigos

El Cairo (Egipto). Junio 2010

En Penny Lane hay un barbero que exhibe las cabezas que ha tenido el placer de conocer; la gente se para frente a ellas y saluda. En la plaza de la liberación de El Cairo un fotógrafo también muestra sus cabezas predilectas pero hoy nadie se para a saludar. Han pasado de escaparate a testigo de los gritos de un pueblo reclamando el fin de la represión.

Camarões

Alcácer do Sal (Portugal). Diciembre 2007

 

El perro parece más atraído por el género que su amo a pesar de que las gambas estén recién cogidas en la ría que baña el pueblo. Sin embargo, eso no parece importar mucho a las vendedoras, que no pueden permitirse perder el tiempo y avanzan su labor de ganchillo mientras esperan un comprador más decidido.