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Comedor

Madrid. Marzo de 2018

Cuando terminaban las clases de la mañana acudíamos al comedor. Nos separaban en dos grupos: los pensionistas, a las mesas de la derecha; los mediopensionistas, a las de la izquierda. A los primeros les servían la comida elaborada en el colegio; a los otros, entre los que me encontraba yo, la tartera que nuestra madre nos había preparado la noche anterior. Llegada la hora, se abrían las puertas abatibles que daban a una cocina que nunca llegué a ver y aparecían los carros que transportaban nuestra comida recién recalentada. En una tartera de aluminio que todavía conservo, llegaba el fino cordón que me unía al hogar. Rara vez sabía de antemano qué me esperaba en el interior de esos dos compartimentos metálicos, pero, aunque no siempre me gustara el contenido, en cada plato encontraba el cariño que me aliviaba de los rigores escolares.

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Paradón

Visita al Colegio Santa Rita donde estudié en los años 70.

Madrid. Marzo 2018

Ya había anochecido pero seguíamos en el colegio. Yo era de esos niños raros a quienes no les gustaban los balones aunque eso no me eximía de entrenar balonmano, el deporte rey en mi colegio. Hacía mucho frío. Corría de un lado a otro persiguiendo la pelota con el único objetivo de entrar en calor pero sin llegar a alcanzarla nunca. Tampoco mis compañeros colaboraban para que cogiese la bola porque eso significaba, con casi total seguridad, que en ese instante me la arrebataría el equipo contrario. De repente, un jugador rival lanzó el balón con todas sus fuerzas contra nuestra portería y yo, de manera instintiva, sin demasiadas ganas y sin saber muy bien por qué, levanté la mano, evitando lo que iba a convertirse en un gol seguro. Los mismos colegas que momentos antes me evitaran, acudieron a felicitarme por la magnífica jugada. En vez de alegrarme, yo lamenté la terrible decisión que provocó que mis dedos, casi congelados, me estuvieran doliendo por el golpe durante las horas siguientes.