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Cerrado

Todos los días paso por ese camino. El mismo camino que tiempo atrás tantas veces recorriera. Cuando decidí explorarlo por primera vez sentí incertidumbre y cierto temor pero terminó llevándome a un lugar donde fui feliz. Por eso volví al día siguiente y al otro hasta que una mañana lo encontré cerrado. Sin embargo seguí pasando por allí. Miraba desde afuera el sitio de mi recreo y lloraba recordando un pasado al que no podía regresar. Sabía que mirar hacia el camino clausurado me hacía daño pero no podía evitarlo. Entonces resolví que tenía dos opciones: cambiar de ruta o asumir el presente. Como me negué a que una reja decidiera por mí, terminé mirando al frente. Aun así, a veces no puedo librarme de la memoria aunque una cadena me ate a este momento.

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Vacío

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Mayo 2014
Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Mayo 2014

Cierra el último bar y se abre una sorpresa; tras la última cerveza te sirven besos que prometen no prometer y caricias que mienten a la voluntad pero estremecen la piel.
Tras cerrar el último bar y tomar la última cerveza, con el dulce sabor del sexo reciente mezclado con el acre del tabaco y el recuerdo amargo del alcohol dos soledades regresan a sus casas cuando el sol despierta y en la cama les acompaña un aroma, un eco de labios y un espacio vacío.

Comestibles

Cifuentes (Guadalajara). Noviembre 2012

El día que regresé a las calles donde había jugado, los recuerdos se acumularon de golpe en el pecho hasta que se derramaron por los ojos. Poco habían cambiado los ladrillos o las aceras pero el vendaval del tiempo había barrido la vida. El tendero de la esquina donde compraba las chucherías, la señora que iba a la compra con aquella niña que me sonreía, los compañeros de gamberradas… habían echado el cierre o esperaban comprador a precio de saldo. Quité los colores, añadí movimiento y pantalones cortos para que durante un instante volviera el barrio que fue. Sólo así desaparecieron los letreros de “se vende” y bajo las lágrimas brotó una sonrisa.

Reconversión

Madrid. Agosto 2011

En el barrio todo el mundo le conocía como “el Casquero“. A su pequeña tienda acudía todos los días a cambiar los tebeos de Mortadelo y Filemón: con mi ejemplar leído en la mano repasaba el montón de tebeos gastados que el Casquero me ofrecía.  Siempre pensé que ese sería su apellido hasta que me explicaron que antes que novelas usadas vendía despojos de animales. Años después, cuando regresé al barrio, la casquería-papelería se había convertido en inmobiliaria y la regentaban unos señores vestidos con traje de gran almacén. Creo que ya ni siquiera existe esa inmobiliaria. Ya se sabe, para sobrevivir hay que reconvertirse.