Caseta
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Viento

Caseta
Faro (Portugal). Agosto 2018

El viento se encargó de secar la ropa. La ropa que cubrió tu cuerpo antes del amor. El amor que nos regalamos en medio del mar. El mar que nos acogió antes que tu casa. Tu casa de ventanas abiertas. Ventanas por las que entró el viento y se llevó el amor antes de secar la ropa, camino del mar.

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En casa

Trevejo (Cáceres). Marzo 2015

Los viernes llega el hijo de la capital. Lo primero que hace nada más entrar entrar es tirar la bolsa de ropa sucia en la puerta y subir a su antiguo cuarto: revuelve armarios y cajones dejando todo manga por hombro. Después baja hecho un pincel y se pasea por la cocina, levanta las tapaderas y chuperretea todos los guisos. Entonces se acuerda, me abraza y dice: “La verdad, Madre, da gusto llegar a casa. Me marcho que he quedado”.

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Torre

Chinchón (Madrid). Enero 2015

Cuando Alice Thomson regresó a su país, Virgil Stanciu quedó desolado. Ni las palabras de sus amigos ni la compañía de otras mujeres podía consolarlo y decidió retirarse al campo, lejos de las preguntas. Casi consumido por el recuerdo y la bebida, una mañana, mientras pensaba en ella como todas las mañanas, comenzó a apilar los envases del alivio de sus penas. A medida que crecía la torre, menguaba el dolor y el gozo del quehacer fue sustituyendo a las lágrimas. Hoy, cada vez que Virgil despierta mira la hora y recuerda a Alice, esboza una sonrisa y se pone en pie.

Habría

Capbreton (Francia).  Agosto 2014
Capbreton (Francia). Agosto 2014

Sé que habría podido llegar a amarla. Sus ojos, de un color indeciso, reflejaban todas las tonalidades de los lugares donde me gusta perderme: verde bosque, mar turquesa, amarilla duna. Sé que habría podido llegar a amarla. Como una promesa, su boca, nunca cerrada, pronunciaba los sueños de mis desvelos y anunciaba besos para el menú de cada día. Sé que habría podido llegar a amarla porque su cuerpo imperfecto reclamaba a gritos mis manos para desbaratar certidumbres y moldear dudas. Horas antes de abandonar definitivamente la ciudad pasé por última vez bajo su ventana y me despedí en silencio. Sé que habría podido llegar a amarla pero nunca nos dirigimos la palabra.

Agonía

Morata de Tajuña (Madrid). Diciembre 2013
Morata de Tajuña (Madrid). Diciembre 2013

Un rápido vistazo a la casa vacía tras regresar del entierro y bajaron las persianas. Quedaron sin luz el televisor de tubo frente al que pasó sus últimas horas y el sofá que le acompañaba. Los platos del último almuerzo y las sábanas aún tibias ennegrecieron por la oscuridad. El aire se estancó. Cuando cerraron la puerta, las paredes exhalaron un último aliento y la casa comenzó su agonía.

Toponimia

Rivas-Vaciamadrid (Madrid).  Marzo 2013
Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Marzo 2013

Hubo un tiempo en que la naturaleza nombraba a los lugares otorgando calificativos que definían sin dejar dudas el rincón designado. Si el viento había erosionado un pico, pasaba a llamarse “Cerro Mocho”; el segundo de los tres valles siempre era el “Valle de Enmedio”; la calle que conducía al lugar donde se separaba el trigo de la paja y en la que los amantes clandestinos se encontraban al caer la noche, “La Calle de las Eras”. Antes de que los ladrillos sustituyeran a las atochas, sobre el matorral se alzaba majestuoso un almendro que dio nombre a la ladera donde ahora habito. “La Ladera del Almendro” hoy sólo figura en los mapas antiguos y en su lugar aparecen nombres de actores flanqueados por altos edificios. Junto a uno de ellos decidimos plantar un almendro que tardará muchos años en parecerse a aquel que dio nombre a este sitio pero ya nos sirve para recordar y designar a este humilde rincón “La Casa de la Ladera del Almendro”.

Lechugas

Almayate (Málaga). Abril 2012

No, si a mí lo que de verdad me gusta es el campo; vivir en una casita, no muy grande pero con un terrenito para poder cultivar flores y una pequeña huerta que me dé tomates en verano, mis lechugas y alguna judía verde. Ya sabes, tranquilidad, aire puro, junto al mar, eso sí. Podría vivir de cualquier cosilla que me diera lo justo para ir tirando porque no gastaría en exceso. Pero claro ¿Cómo digo yo ahora en el trabajo que me voy? Justo ahora que, por fin, he conseguido el cargo. Por el BMW de empresa no es, podría conformarme con un pequeño utilitario para acercarme a la capital de vez en cuando o incluso moverme en bicicleta… Pero es que tengo muchos compromisos. Los niños, por ejemplo, a ver cómo los saco ahora del colegio bilingüe que les lleva directamente a la universidad y les meto en una escuela rural. Y luego está mi mujer. ¿Cómo le digo yo a mi mujer que nos vamos al campo? Ella no se acostumbraría y, claro, después de tantos años nos tenemos cariño, no nos vamos a divorciar por esa tontería de mis gustos. No me atrevo ni a planteárselo, ya imagino su respuesta airada. Ya ves, si me hubiese decidido por Merceditas, la rubia aquella de las trenzas que no dejaba de sonreírme en el instituto. A Merceditas sí que le gustaba el campo, que se iba todos los viernes al pueblo de sus padres a pasear en burro por el monte. Pero es que Adela… no sé, como que tenía más presencia. ¡Ay! ¡Merceditas y sus trenzas! ¿Qué será de ella? Creo que estudió agrónomos o filosofía… una carrera de esas sin mucho porvenir… si es que ya se la veía venir. Seguro que se fue de la ciudad y vive por ahí, en el pueblo de sus padres… ¡plantando lechugas!

(Relato extractado, puedes leerlo completo pinchando aquí)