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Escape

Sofía (Bulgaria). Marzo 2018

Necesitaba un escape. Los contratiempos en el trabajo, las discusiones con la familia, las dudas personales… todas las gotas se habían acumulado hasta casi rebosar el vaso. Por eso salí a la calle. Sin teléfono, sin cartera, sin rumbo. Con apenas unas monedas en el bolsillo y mis zapatos, caminé. Bajé por la avenida hasta los límites del barrio y crucé el río para adentrarme en la ciudad. Las tiendas, las casas, las caras, las ropas iban cambiando su fisonomía pero aún reconocía la ciudad. Tras demasiados pasos me entró sed y busqué un bar. Entré en el más normal que pude encontrar. Los camareros vestían mejor que en los de mi barrio y las tapas del mostrador estaban mejor decoradas pero las puertas abiertas, el bullicio y los clientes ante la barra no diferían en exceso. Pedí una caña y me la pusieron; no una copa como hacen en muchos sitios cuando les pides la tradicional caña de veinte centilitros. Con su aperitivo y todo. Calmada mi sed pedí la cuenta y observé al camarero hacer números. Al cabo de un rato, levantó la cabeza y dijo: “Diecinueve euros”. Pensé que le habían pedido otra cuenta más y miré a mi alrededor pero él, mirándome fijamente a la cara insistió: “diecinueve euros”. No sólo no llevaba tal cantidad encima sino que me negaba a pagar por una caña lo que en mi barrio cuestan diez y se lo dije. Él insistió y yo en mi negativa. Al poco despertamos la curiosidad de los otros clientes que se decantaban por uno u otro bando según los casos. Cuando comprendí que la discusión no terminaría en acuerdo, me escapé.

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Juego de Petanca
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Petanca

Juego de Petanca
Mejorada del Campo (Madrid). Enero 2018

Cuando murió Socorro, todos convinieron que lo mejor sería que Anselmo viniera a la capital para alternar la residencia entre las casas de los hijos. “Mira, Papá -le dijeron- si hasta tienes un parque al lado para pasear, como el camino del huerto”. Anselmo asentía callado mientras pensaba que ni el verde, ni el aire, ni el silencio, podían compararse. Al cabo de unas semanas ya conocía a otros exiliados rurales como él con quienes tomaba el sol mientras compartía anécdotas de tiempos mejores. Incluso se aficionó a la petanca y muchas mañanas hacía tiempo hasta la hora de comer lanzando las bolas al aire junto a sus amigos. Un día Cipriano no se presentó. Tampoco al siguiente ni al otro. La pandilla recogió la bolsa de juego y se sentaron a mirar al suelo en silencio. Tras abrazarse, se retiraron cada uno a la casa que le tocaba. Entonces Anselmo se sentó en el sofá y encendió la tele.

Reloj

Madrid. Octubre 2014
Madrid. Octubre 2014

A diario no necesito consultar el reloj. Sé que voy a tiempo cuando, al salir de casa, me cruzo con el del siete paseando al perro. Los niños del tercero juguetean alrededor del coche mientras la madre, desquiciada, intenta meterlos dentro para llevarlos al colegio. El barrendero ya ha llegado a la esquina con la calle principal y el camión de reparto diario se detiene, apurando frenos, frente a la panadería. Si voy demasiado pronto, aún no has salido a limpiar el balcón. Entonces me detengo, disimulando consultar el teléfono y espero hasta que apareces. Me deleito unos segundos contemplándote y sigo, feliz, rumbo al trabajo.

Frío

Madrid. Octubre 2014
Madrid. Octubre 2014

A veces tengo frío y ni todas las chaquetas del armario lo alivian. Sucede en otoño pero no siempre; el sol se esconde y se nubla la sonrisa, se congelan mis pies y me pongo triste. A veces tengo frío y busco tu calor. Pero tú eres de hielo y me congelas.

Ceda el paso

Madrid, abril 2014
Madrid, abril 2014

En el barrio todos nos conocemos. Quienes lo construyeron recuerdan con cierta nostalgia como “cuando llegamos todo esto era campo”. Sus hijos aprendimos a jugar en las calles aún sin asfaltar y crecimos viendo a los coches ocupar nuestro lugar. En mi barrio ya apenas se celebran los nacimientos y algunas muertes pasan inadvertidas pero todavía hay quien recuerda los cumpleaños de los nietos de “Paca, la de Albacete”. Desde hace un tiempo el barrio está cambiando. Los comercios echan el cierre, las aceras ya no bullen y los que quedan ceden, resignadamente, el paso a las nuevas torres repletas de rostros anónimos.

Barrio

El Cairo (Egipto). Junio 2010

Mi padre ha contado muchas veces que cuando llegó a la capital con el éxodo rural se ganó la vida, entre otras muchas ocupaciones, repartiendo leche en un triciclo. Aunque nunca llegué a conocer el vehículo de mi padre, recuerdo vagamente algunos de esos artilugios circulando por la ciudad de mi infancia. También recuerdo el barrio, con las mujeres acudiendo a comprar la leche, el pan y otros alimentos imprescindibles para ese día. La prisa ausente permitía improvisadas charlas en mitad de la calle sin tráfico mientras algún vendedor ambulante ofrecía su mercancía. A veces, visitando países del sur, no me siento extraño sino que veo mi infancia, mi barrio e incluso a mi padre repartiendo leche con su triciclo.