Imagen

Fugaz

Mave (Palencia). 21 de abril de 2018

Cuando era pequeño me pasaba los días esperando ilusionado a que llegasen otros días. No sólo los más señalados como la noche de reyes o mi cumpleaños sino momentos menos trascendentales como una excursión, una visita deseada… o el final de la clase. Sin embargo, a medida que crecía, me daba cuenta de que esa espera, con frecuencia, concluía en decepción. Bien porque no alcanzaba las expectativas, bien porque pasaba tan rápido que no llegaba a disfrutar lo que tanto había anhelado. Así, a fuerza de desilusiones aprendí a disfrutar el momento: ese breve espacio de tiempo que ya se ha ido casi antes de llegar pero que, cuando lo aprovechas, deja una estela en la memoria que tarda en desaparecer.

Anuncios
Imagen

Pacifista

Plovdiv (Bulgaria). Marzo 2018

Una vez soñé que empezaba la guerra. Los dirigentes de los bandos contendientes reunían bajo la carpa de un enorme circo a una amplia representación de sus súbditos, entre los que me encontraba yo, para formalizar el comienzo. El acto consistía en sortear quien lanzaba el primer disparo; el agraciado debía apuntar a las gradas en que se encontraban los vasallos contrarios y disparar al tun tun. El azar quiso que el balazo acabase en mi cuello con tal dolor que me desperté. Ese día aparqué todas mis armas: el tirachinas, la carabina de aire comprimido, los palos que simulaban espadas… y me hice pacifista.

Imagen

¡Qué se jodan!

Sofía (Bulgaria). Marzo 2018

Los girasoles deben estar granando y los gorriones peleándose por alcanzar las semillas hinchadas. Debe estar saliendo el sol en algún lugar sin cemento donde las torres no lo oculten. Ha llovido pero no piso el barro porque ni siquiera bajo las baldosas rotas veo la tierra húmeda sino charcos iridiscentes por la grasa acumulada. Imagino todo eso (el azul asomando entre las nubes recién vertidas y los pájaros juguetones entre las flores amarillas) mientras en la ciudad sin color me aprisionan entre la calzada y las cámaras de las farolas que me vigilan para evitar que sueñe. ¡Qué se jodan!

Imagen

Escape

Sofía (Bulgaria). Marzo 2018

Necesitaba un escape. Los contratiempos en el trabajo, las discusiones con la familia, las dudas personales… todas las gotas se habían acumulado hasta casi rebosar el vaso. Por eso salí a la calle. Sin teléfono, sin cartera, sin rumbo. Con apenas unas monedas en el bolsillo y mis zapatos, caminé. Bajé por la avenida hasta los límites del barrio y crucé el río para adentrarme en la ciudad. Las tiendas, las casas, las caras, las ropas iban cambiando su fisonomía pero aún reconocía la ciudad. Tras demasiados pasos me entró sed y busqué un bar. Entré en el más normal que pude encontrar. Los camareros vestían mejor que en los de mi barrio y las tapas del mostrador estaban mejor decoradas pero las puertas abiertas, el bullicio y los clientes ante la barra no diferían en exceso. Pedí una caña y me la pusieron; no una copa como hacen en muchos sitios cuando les pides la tradicional caña de veinte centilitros. Con su aperitivo y todo. Calmada mi sed pedí la cuenta y observé al camarero hacer números. Al cabo de un rato, levantó la cabeza y dijo: “Diecinueve euros”. Pensé que le habían pedido otra cuenta más y miré a mi alrededor pero él, mirándome fijamente a la cara insistió: “diecinueve euros”. No sólo no llevaba tal cantidad encima sino que me negaba a pagar por una caña lo que en mi barrio cuestan diez y se lo dije. Él insistió y yo en mi negativa. Al poco despertamos la curiosidad de los otros clientes que se decantaban por uno u otro bando según los casos. Cuando comprendí que la discusión no terminaría en acuerdo, me escapé.

Imagen

El calcetín

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Marzo 2018

Como los asesinos, regresé al lugar de los hechos. A la luz del día, y sin los cristales del coche empañados de por medio, el bosque se veía diferente. En vez de tus gemidos y mis latidos acompasados se escuchaban las melodías arrítmicas de los pájaros. No me deslumbraba tu mirada ardiente sino los rayos del sol recordándome que estaba despierto. Parecía tan distinto el rincón que llegué a dudar si se trataba del mismo; dudé incluso de mi memoria y de confundir realidad con deseo. Entonces, un cuco me llamó y lo busqué entre las ramas. Juguetón, se había escondido, pero en lo alto del árbol encontré la prueba que necesitaba: aquel calcetín que perdimos en el fragor de la batalla.

Imagen

Botas

Bagshot (Reino Unido). Febrero 2018

Afuera llovía y los caminos se derramaban sobre las cunetas esperando en vano nuestras pisadas. Afuera llovía y el agua formaba una cortina que emborronaba los álamos que escoltaban el camino que no anduvimos. Afuera llovía y las gotas golpeaban contra las ventanas reclamando nuestros pies para jugar con los charcos. Dentro me amabas, el cristal se empañaba y las botas se morían de aburrimiento en un rincón.

Imagen

Paradón

Visita al Colegio Santa Rita donde estudié en los años 70.

Madrid. Marzo 2018

Ya había anochecido pero seguíamos en el colegio. Yo era de esos niños raros a quienes no les gustaban los balones aunque eso no me eximía de entrenar balonmano, el deporte rey en mi colegio. Hacía mucho frío. Corría de un lado a otro persiguiendo la pelota con el único objetivo de entrar en calor pero sin llegar a alcanzarla nunca. Tampoco mis compañeros colaboraban para que cogiese la bola porque eso significaba, con casi total seguridad, que en ese instante me la arrebataría el equipo contrario. De repente, un jugador rival lanzó el balón con todas sus fuerzas contra nuestra portería y yo, de manera instintiva, sin demasiadas ganas y sin saber muy bien por qué, levanté la mano, evitando lo que iba a convertirse en un gol seguro. Los mismos colegas que momentos antes me evitaran, acudieron a felicitarme por la magnífica jugada. En vez de alegrarme, yo lamenté la terrible decisión que provocó que mis dedos, casi congelados, me estuvieran doliendo por el golpe durante las horas siguientes.