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El calcetín

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Marzo 2018

Como los asesinos, regresé al lugar de los hechos. A la luz del día, y sin los cristales del coche empañados de por medio, el bosque se veía diferente. En vez de tus gemidos y mis latidos acompasados se escuchaban las melodías arrítmicas de los pájaros. No me deslumbraba tu mirada ardiente sino los rayos del sol recordándome que estaba despierto. Parecía tan distinto el rincón que llegué a dudar si se trataba del mismo; dudé incluso de mi memoria y de confundir realidad con deseo. Entonces, un cuco me llamó y lo busqué entre las ramas. Juguetón, se había escondido, pero en lo alto del árbol encontré la prueba que necesitaba: aquel calcetín que perdimos en el fragor de la batalla.

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Botas

Bagshot (Reino Unido). Febrero 2018

Afuera llovía y los caminos se derramaban sobre las cunetas esperando en vano nuestras pisadas. Afuera llovía y el agua formaba una cortina que emborronaba los álamos que escoltaban el camino que no anduvimos. Afuera llovía y las gotas golpeaban contra las ventanas reclamando nuestros pies para jugar con los charcos. Dentro me amabas, el cristal se empañaba y las botas se morían de aburrimiento en un rincón.

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Pinzas

Trevejo (Cáceres). Marzo 2015

De pequeño, dicen, no daba un ruido. Me entretenía con cualquier cosa pero una de las que más me gustaban eran las pinzas de la ropa. Mi madre se debatía entre la desesperación porque siempre le tenía el cesto descuajaringado y la tranquilidad porque mientras jugase con eso no la liaba por otro lado. El primer paso consistía en el desmontaje. Así, cada pieza cambiaba al momento de función. Había infinitas posibilidades pero el coche descapotable era la más recurrente, con su alargado morro aerodinámico y sus dos asientos para conductor y acompañante inmediatamente después. Los huecos posteriores podían servir para sentar a más gente o de maletero, dependiendo de la historia que me inventase ese día. Porque siempre, después de la fabricación, venía la fabulación. A veces me regalaban miniaturas de coches pero no me divertían tanto como las pinzas de la ropa porque no dejaban espacio para la imaginación. Después llegaron las pinzas de plástico pero, a pesar de sus llamativos colores, no me convencían y pasé a desmontar los autos de juguete.

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Murmullo

Sortelha (Portugal). Marzo 2015

Quizá sigamos jugando en aquel banco. Sí, ya sé que no estas; yo tampoco, pero algunas noches acudo y me acompañas, aunque ignoro si tú lo sabes. Con frecuencia se escucha un murmullo; parece el viento que se cuela entre los rincones pero si prestas atención, descifrarás los diálogos: nuestras palabras mezcladas con todas las conversaciones de las que fue testigo aquella mesa. Quizá nos quedáramos allí para siempre, viendo como la maleza crecía alrededor de nuestras risas mientras el té se enfriaba.

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Pañuelo

Arganda (Madrid). Marzo, 2015

Refrescaba al salir de casa y te volviste para coger un pañuelo. Caminamos. Charlamos. Caminamos. Nos miramos a los ojos. Nos sentamos sobre una isla de hierba en un claro del bosque y, sin dejar de mirarnos a los ojos, juguetearon las manos. Un golpe de viento se llevó entonces tu pañuelo pero ya no tenías frío.

Luna

Auñón (Guadalajara). Julio 2014
Auñón (Guadalajara). Julio 2014

Sin levantarse de la silla de anea tomó las tenazas, las acercó a la lumbre y cogió una brasa. Retiró la ceniza con un ligero soplido y la acercó a la boca para encender de nuevo la colilla de picadura. Con la misma calma devolvió la brasa a su lugar y aspiró el tabaco. Mis ojos seguían silenciosos sus movimientos rituales. No me creo que el hombre haya llegado a la luna, dijo. Pero, ¡abuelo! repliqué sin poder argumentar en contra. Es imposible, insistió, no se puede salir de la tierra. Mientras, la abuela trajinaba en la cocina, también ritual y sin prisa, se acercó a la alacena y me llamó: anda, ven a por la merienda. Tomé la rebanada de pan con aceite y salí a la calle a mirar el cielo.

Pinzas

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Abril 2014
Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Abril 2014

El viernes por la tarde ya comienzo a ponerme nervioso. El sábado, nada más despertar el sol, deambulo por la casa mirando el reloj y asomándome a la ventana. No veo llegar el momento en que aparece, descolgándose por la cristalera, con una pinza en la boca, derramando su melena por el patio mientras una a una va entregando sus prendas al sol. A veces me descubro para recibir su sonrisa que me ilumine el día pero otras me arrebozo entre las cortinas para deleitarme observando sus manos entre el algodón, sus ojos del barreño a la cuerda. Cuando, tras la última pinza cierra el portillo, termina la fiesta y comienza otra cuenta atrás.