Rojo

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Marzo de 2020

Más fácil hubiera sido comparar sus labios con las fresas pero me lancé a sus botas. No por el cuero rojo sino porque justo en el borde final comenzaban dos infinitas piernas que prometían más que el postre. El vaho de las medias no llegaba a ocultar las corvas ni las redondeadas rodillas que rocé con una caricia, como un rumor que se fue extendiendo muslo arriba. Las botas rojas me seguían llamando aunque ya estaba sordo entre paréntesis de piel. Aún mis manos tuvieron unos segundos para separar los dientes de una cremallera que descubría profundidades según abría la boca. No me atreví a desnudar el pie. Preferí dejar el tobillo asomando entre el cuero. Quizá por miedo a empacharme, quizá para reservar el final.
Entonces la camarera me trajo el café.

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