Sin ambigüedad

Copenhague. Septiembre 2019

No llegué a ver el título del libro ni el color de sus ojos sin embargo me atraparon unos hombros hambrientos aún de sol y su despreocupación de cuanto no fuesen las letras en que se bañaba su mirada. También yo necesitaba un café y, aunque no llevase libro en que esconder la atención, me senté en la mesa contigua.
Rápido y profesional, el camarero no tardó en servir la bebida ni en iniciar una conversación a la que sólo pude contestar con una sonrisa. Incómoda por el incesante monólogo que interrumpía su lectura, ella desvió por unos instantes la vista de las letras para pasearla desde el uniforme servicial hasta mi mesa. Me sentí obligado a pagarle la molestia con otra sonrisa y la inicial cortesía se tornó en placer al descubrir el color de su iris. Educada, me devolvió la sonrisa y volvió a zambullirse en las páginas que la abstraían.
Aproveché para saborear el café y contemplar el pulso de la calle. El camarero, derrochando simpatía, volvió a inquirirme por lo que no me quedó más remedio que contestarle torpemente: “excusez moi mais je ne parlais pas français”. Con una sonora carcajada regresó a su tarea sin parar en ningún momento de hablar. La chica que, sospecho, hace tiempo había perdido el hilo argumental de la novela, cerró el libro de golpe y con una amplia sonrisa me dijo con un delicioso acento francés: “pues no lo haces tan mal”.

  • Es lo único que sé decir… bueno, eso y pedir en los bares, aunque siempre me toca repetirlo.

Abandonó el libro sobre la mesa, acercó su silla a la mía sin llegar a levantarse y continuó la conversación:

  • ¿Es tu primera vez en Francia?
  • No, una vez recorrí el sur en coche y me cautivó a pesar de no comprender algunas cosas.
  • ¿Cómo qué?
  • Principalmente los horarios. A partir de las doce en punto del mediodía resultaba imposible encontrar cualquier establecimiento abierto y comer más tarde de la una, muy difícil. Por no hablar de las noches. A partir de las ocho los pueblos parecían fantasmas.
  • Aquí en la ciudad no es así.
  • Es cierto y también me ha sorprendido después de conocer aquello.
  • Y si no hablas francés ¿cómo te entendías?
  • Ya digo que sé pedir en los bares. Al fin y al cabo, conseguir comida y cama no resulta tan difícil aunque…
  • Aunque…
  • Algún incidente siempre surge. Un pequeño pueblo, el único restaurante en kilómetros a la redonda, una pequeña y coqueta casa atendida por la dueña que, además, era la cocinera; no había carta escrita, me ofreció todo el menú de palabra. Después de hacerle recitar tres veces seguidas el surtido, me avergonzó pedirle una cuarta repetición y encargué lo único que había entendido. Entre lo mucho que dijo entendí “foie” y “canard”. Después de haber probado los deliciosos patés de las Landas me dije, esta es la mía y al poco rato apareció con un plato rebosante de higaditos de pato que me comí más por vergüenza que por gusto.

Rió con ganas mi aventura y aprovechó el gesto para acercar más la silla con un movimiento cómplice.

  • ¿Y no te gustaría aprender el idioma?
  • Claro pero… bueno, nunca encuentro el momento.
  • Algo te puedo enseñar.

Sin darme tiempo de replicar, llamó al camarero con un gesto cómplice, pagó la cuenta y se levantó de la silla diciendo, “Ven, vamos a dar un paseo”. Y abandonamos la terraza del café despidiéndonos del camarero que sonreía mientras nos decía adiós.
Como si fuésemos viejos amigos, se colgó de mi brazo y acercó la cabeza a mi hombro mientras no paraba de contarme anécdotas que yo oía como la exquisita banda sonora de la película en la que se estaba convirtiendo mi visita a aquella bella ciudad. Caminamos durante horas hablando, sobre todo, de las similitudes y diferencias del idioma. Me pedía, por ejemplo, que le explicase las diferencias entre “tapear” y “tapar” y yo aprovechaba para explicarle las variadas acepciones del verbo “cubrir” o que no es lo mismo la “caja” que la “caza”.

Ya de noche y con los pies reventados parecía el momento oportuno de despedirse cuando me ofreció:

  • Vivo cerca, ¿Quieres subir a mi casa?
  • La verdad es que no me importaría porque después de un día así estoy hecho polvo.

No entendí porque le ofendió mi respuesta pero menos aún la suya pues, muy seria, me dijo: “Pero sin ambigüedad”. En ese momento, mi sorpresa e indecisión se multiplicaron. “Ambigüedad”. Sé perfectamente lo que significa ese término en castellano pero… en francés… ¿significará lo mismo? Y… ¿de ser así? ¿Qué quiere decir una francesa guapa y simpática cuando, después de un día entero caminando juntos y compartiendo historias, me invita a subir a su casa “sin dudas”? Y, más aún ¿Por qué se enfada cuando le digo que estoy cansado…?

“Ambiguo, dicho de una persona: Que, con sus palabras o comportamiento, vela o no define claramente sus actitudes u opiniones”. Y, justo, cuando menos dudas me quedaban de lo que estaba sucediendo, me aclara que no debe haber dudas de su invitación. Me arrepentí de haber aceptado y traté de explicarle que si le molestaba mi visita no me importaría regresar a mi hotel.

“No, puedes subir y seguimos charlando, pero sin ambigüedad, olvídate por completo del polvo que quieres echar”-me contestó entre avergonzada y rotunda. Cuando me di cuenta de la confusión comencé a reír sin poder parar para explicárselo mientras ella me miraba sin comprender nada al tiempo que aumentaba su enfado.

Por la retorcida escalera de madera bruñida por el peso de los pasos subimos hasta un pequeño ático destartalado mientras seguimos hablando de las confusiones lingüísticas.

Nos despertó el sol al amanecer entrando por la ventana del dormitorio sin cortinas ni persianas. En el suelo, un equipo de música emitía melodías de tangos, Coltrane, o Brassans mientras desayunamos desnudos en la terraza croissant au beurre recién traídos de la boulangerie del barrio. Como parisinos personajes de Cortázar, hicimos una vez más el amor sobre el colchón tirado en el salón y salimos de nuevo a pasear. Aquella noche cenamos fromage et vin rouge junto al Sena, esta vez sí, sin ambigüedad.

Ahora conservo buenos recuerdos y… mucho más vocabulario de francés.

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