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Pacifista

Plovdiv (Bulgaria). Marzo 2018

Una vez soñé que empezaba la guerra. Los dirigentes de los bandos contendientes reunían bajo la carpa de un enorme circo a una amplia representación de sus súbditos, entre los que me encontraba yo, para formalizar el comienzo. El acto consistía en sortear quien lanzaba el primer disparo; el agraciado debía apuntar a las gradas en que se encontraban los vasallos contrarios y disparar al tun tun. El azar quiso que el balazo acabase en mi cuello con tal dolor que me desperté. Ese día aparqué todas mis armas: el tirachinas, la carabina de aire comprimido, los palos que simulaban espadas… y me hice pacifista.

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¡Qué se jodan!

Sofía (Bulgaria). Marzo 2018

Los girasoles deben estar granando y los gorriones peleándose por alcanzar las semillas hinchadas. Debe estar saliendo el sol en algún lugar sin cemento donde las torres no lo oculten. Ha llovido pero no piso el barro porque ni siquiera bajo las baldosas rotas veo la tierra húmeda sino charcos iridiscentes por la grasa acumulada. Imagino todo eso (el azul asomando entre las nubes recién vertidas y los pájaros juguetones entre las flores amarillas) mientras en la ciudad sin color me aprisionan entre la calzada y las cámaras de las farolas que me vigilan para evitar que sueñe. ¡Qué se jodan!

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Escape

Sofía (Bulgaria). Marzo 2018

Necesitaba un escape. Los contratiempos en el trabajo, las discusiones con la familia, las dudas personales… todas las gotas se habían acumulado hasta casi rebosar el vaso. Por eso salí a la calle. Sin teléfono, sin cartera, sin rumbo. Con apenas unas monedas en el bolsillo y mis zapatos, caminé. Bajé por la avenida hasta los límites del barrio y crucé el río para adentrarme en la ciudad. Las tiendas, las casas, las caras, las ropas iban cambiando su fisonomía pero aún reconocía la ciudad. Tras demasiados pasos me entró sed y busqué un bar. Entré en el más normal que pude encontrar. Los camareros vestían mejor que en los de mi barrio y las tapas del mostrador estaban mejor decoradas pero las puertas abiertas, el bullicio y los clientes ante la barra no diferían en exceso. Pedí una caña y me la pusieron; no una copa como hacen en muchos sitios cuando les pides la tradicional caña de veinte centilitros. Con su aperitivo y todo. Calmada mi sed pedí la cuenta y observé al camarero hacer números. Al cabo de un rato, levantó la cabeza y dijo: “Diecinueve euros”. Pensé que le habían pedido otra cuenta más y miré a mi alrededor pero él, mirándome fijamente a la cara insistió: “diecinueve euros”. No sólo no llevaba tal cantidad encima sino que me negaba a pagar por una caña lo que en mi barrio cuestan diez y se lo dije. Él insistió y yo en mi negativa. Al poco despertamos la curiosidad de los otros clientes que se decantaban por uno u otro bando según los casos. Cuando comprendí que la discusión no terminaría en acuerdo, me escapé.