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Comedor

Madrid. Marzo de 2018

Cuando terminaban las clases de la mañana acudíamos al comedor. Nos separaban en dos grupos: los pensionistas, a las mesas de la derecha; los mediopensionistas, a las de la izquierda. A los primeros les servían la comida elaborada en el colegio; a los otros, entre los que me encontraba yo, la tartera que nuestra madre nos había preparado la noche anterior. Llegada la hora, se abrían las puertas abatibles que daban a una cocina que nunca llegué a ver y aparecían los carros que transportaban nuestra comida recién recalentada. En una tartera de aluminio que todavía conservo, llegaba el fino cordón que me unía al hogar. Rara vez sabía de antemano qué me esperaba en el interior de esos dos compartimentos metálicos, pero, aunque no siempre me gustara el contenido, en cada plato encontraba el cariño que me aliviaba de los rigores escolares.

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