De Rodríguez

Rodrigues

Tavira (Portugal). Agosto 2018

Antonio Rodrígues llevaba casado más años de los que la memoria inmediata podía recordarle. Mariposas y arrebatos se perdieron entre el alcanfor de los armarios mientras la costumbre se asentaba en sábanas y pucheros. Cuando su mujer le avisó de que el trabajo la obligaría a ausentarse de casa durante unos días, intentó disimular la alegría que le producía la inesperada oportunidad de libertad; los planes se atropellaban en su agenda mental. Acudió al aeropuerto a despedirla y se le hicieron eternos los minutos que tardó en atravesar la puerta de embarque. Entonces se dijo: “¡Soy libre!”. Pero tras unas cuantas llamadas sin respuesta, algunos paseos en soledad, más cervezas de las convenientes y varias películas que su mujer detestaba, empezó a contar las horas que faltaban para su regreso.

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