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Abrazo

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Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Enero 2018

Su abrazo me dejó frío. Llegaba con meses de retraso y me pareció forzado. Por eso me quedé inmóvil, dejando que sus brazos se enredaran en mi espalda mientras los míos caían sin tomar una decisión. Se extrañó y preguntó por mi pasado deseo. Se ha disuelto, contesté, entre las miradas no devueltas, los besos esquivados y las caricias perdidas.

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La vida por delante

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Mejorada del Campo (Madrid). Enero 2018

Me gustaba que refrescara un poco por la noche, como si necesitase justificaciones para acurrucarme sobre tu espalda. Me gustaba dormir con la persiana levantada para que el sol pudiera dibujar tu silueta al despertar. Me gustaba que te mancharas las manos con el zumo de naranja para limpiarte los dedos con la lengua; y que tu café quemase para ver tus morritos soplando. Me gustaba admirar tu garbo cuando marchabas al trabajo aunque, mucho más, verte quitar la ropa al regresar. Me gustaba tenerte y que me tuvieras. La vida sigue, sí, pero me fastidia arroparme, que me deslumbre el sol mañanero, que se derrame el zumo y que me abrase el café. La vida sigue, pero no veo agitarse tu falda al compás de tus caderas cuando sales al trabajo porque un día no regresaste.

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Gracias

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Septiembre 2017

Era tiempo de vendimia, de recoger los higos, las almendras y los últimos tomates. Pero, aunque el extrarradio aún estaba a medio hacer, los huertos ya se habían convertido en descampados, calles sin asfaltar y bloques de hormigón para acoger a los venidos del pueblo. Hacia el medio día, el teléfono de la lechería, uno de los pocos que había en el barrio, sonó y mi padre, que no había podido asistir al parto, salió corriendo a la calle al recibir la noticia: “¡Es niño, es niño! ¡Uno como yo! ¡Uno como yo!”. Más o menos, así me lo contaron porque yo, claro, no estaba allí. Me encontraba en la maternidad con mi madre y meando en las gafas a la enfermera que me cambiaba los pañales. Aunque de esto tampoco me acuerdo.

Desde entonces han pasado cincuenta y cuatro septiembres de resol y uvas, penas y alegrías, encuentros y pérdidas. Cincuenta y cuatro septiembres que recibo con la alegría de un racimo repleto y con la dulzura de un higo reventón aunque a veces las almendras salgan amargas.

Hoy, como todos los días como hoy, doy las gracias y soy feliz.

 

Juego de Petanca
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Petanca

Juego de Petanca
Mejorada del Campo (Madrid). Enero 2018

Cuando murió Socorro, todos convinieron que lo mejor sería que Anselmo viniera a la capital para alternar la residencia entre las casas de los hijos. “Mira, Papá -le dijeron- si hasta tienes un parque al lado para pasear, como el camino del huerto”. Anselmo asentía callado mientras pensaba que ni el verde, ni el aire, ni el silencio, podían compararse. Al cabo de unas semanas ya conocía a otros exiliados rurales como él con quienes tomaba el sol mientras compartía anécdotas de tiempos mejores. Incluso se aficionó a la petanca y muchas mañanas hacía tiempo hasta la hora de comer lanzando las bolas al aire junto a sus amigos. Un día Cipriano no se presentó. Tampoco al siguiente ni al otro. La pandilla recogió la bolsa de juego y se sentaron a mirar al suelo en silencio. Tras abrazarse, se retiraron cada uno a la casa que le tocaba. Entonces Anselmo se sentó en el sofá y encendió la tele.

Caseta
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Viento

Caseta
Faro (Portugal). Agosto 2018

El viento se encargó de secar la ropa. La ropa que cubrió tu cuerpo antes del amor. El amor que nos regalamos en medio del mar. El mar que nos acogió antes que tu casa. Tu casa de ventanas abiertas. Ventanas por las que entró el viento y se llevó el amor antes de secar la ropa, camino del mar.

Rodrigues
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De Rodríguez

Rodrigues
Tavira (Portugal). Agosto 2018

Antonio Rodrígues llevaba casado más años de los que la memoria inmediata podía recordarle. Mariposas y arrebatos se perdieron entre el alcanfor de los armarios mientras la costumbre se asentaba en sábanas y pucheros. Cuando su mujer le avisó de que el trabajo la obligaría a ausentarse de casa durante unos días, intentó disimular la alegría que le producía la inesperada oportunidad de libertad; los planes se atropellaban en su agenda mental. Acudió al aeropuerto a despedirla y se le hicieron eternos los minutos que tardó en atravesar la puerta de embarque. Entonces se dijo: “¡Soy libre!”. Pero tras unas cuantas llamadas sin respuesta, algunos paseos en soledad, más cervezas de las convenientes y varias películas que su mujer detestaba, empezó a contar las horas que faltaban para su regreso.