Pinzas

Pinza de la ropa

Trevejo (Cáceres). Marzo 2015

De pequeño, dicen, no daba un ruido. Me entretenía con cualquier cosa pero una de las que más me gustaban eran las pinzas de la ropa. Mi madre se debatía entre la desesperación porque siempre le tenía el cesto descuajaringado y la tranquilidad porque mientras jugase con eso no la liaba por otro lado. El primer paso consistía en el desmontaje. Así, cada pieza cambiaba al momento de función. Había infinitas posibilidades pero el coche descapotable era la más recurrente, con su alargado morro aerodinámico y sus dos asientos para conductor y acompañante inmediatamente después. Los huecos posteriores podían servir para sentar a más gente o de maletero, dependiendo de la historia que me inventase ese día. Porque siempre, después de la fabricación, venía la fabulación. A veces me regalaban miniaturas de coches pero no me divertían tanto como las pinzas de la ropa porque no dejaban espacio para la imaginación. Después llegaron las pinzas de plástico pero, a pesar de sus llamativos colores, no me convencían y pasé a desmontar los autos de juguete.

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