Torre

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Chinchón (Madrid). Enero 2015

Cuando Alice Thomson regresó a su país, Virgil Stanciu quedó desolado. Ni las palabras de sus amigos ni la compañía de otras mujeres podía consolarlo y decidió retirarse al campo, lejos de las preguntas. Casi consumido por el recuerdo y la bebida, una mañana, mientras pensaba en ella como todas las mañanas, comenzó a apilar los envases del alivio de sus penas. A medida que crecía la torre, menguaba el dolor y el gozo del quehacer fue sustituyendo a las lágrimas. Hoy, cada vez que Virgil despierta mira la hora y recuerda a Alice, esboza una sonrisa y se pone en pie.

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