Tacones

Madrid. Junio 2014

Madrid. Junio 2014

Me gustó nada más verla. Unas piernas interminables sostenían la esbelta figura que remataba la llamarada de su melena. El permanente brillo de sus ojos aceituna y una boca siempre sonriente me distrajeron de mirar sus pies. Quizá fueran semanas lo que a mí me parecieron siglos hasta que la tomé por el talle y, mirándole a los ojos, la besé. Fue entonces, al tener que alzarme ligeramente para alcanzar sus labios, cuando me di cuenta de la altura de sus tacones aunque le quité importancia. En los primeros paseos desarrollé una técnica, de manera casi inconsciente, que consistía en alzar ligeramente la cadera en el momento preciso en que apoyaba el pie; así nuestras alturas casi se igualaban -al menos durante unos segundos- y mis complejos se velaban ante el orgullo de caminar a la sombra de aquella hembra. Los días transcurrían felices en nuestra idílica nube hasta que llegaron las rebajas y me pidió que la acompañara a la zapatería. Mientras yo rebuscaba entre los estantes las más bellas sandalias planas, ella insistía en escoger los tacones más altos. A veces negociábamos pactos de cuatro centímetros pero la mayoría salíamos de la tienda discutiendo y sin zapatos. Entre escaparates discurrieron nuestras primeras discusiones que desembocaron en un final amargo. Al cabo de unos meses volví a verla. Caminaba del brazo de un apuesto joven que le sacaba una cabeza. La miré a los pies y… me encantaron sus zapatillas deportivas.

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