Marcha

Rivas-Vaciamadrid (Madrid).  Mayo 2013

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Mayo 2013

En el mundo gris del vagón sus ojos parecían una piscina invitando a zambullirse. Me senté enfrente y traté de concentrarme en la lectura pero el agua me llamaba silencioso y yo exploraba el trampolín de sus labios. Nos comunicamos en silencio pero ninguno cruzó el pasillo. Llegué a mi estación sin enterarme de lo que decía el libro. Se cerraron las puertas y sus ojos me buscaron. Permanecí en la estación contemplando la marcha del tren, de su mirada azul y de mis sueños.

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Un comentario en “Marcha

  1. Solo llevaba un mes lejos, un mes tomando el tren. Y todas las mañanas en la próxima estación, la Ayala, vi a los mismos dos rubiecitos en pijamas. Un niño y una niña de entre diez y siete años. La más joven era ella. Agarrados de las manos, y solo soltándose por momentos, los dos iban inspeccionando desde afuera cada vagón, repitiendo una y otra vez la misma frase en ruso, sin atreverse nunca a entrar. Pero una mañana de camino al trabajo, en mi estación, la Salazar, vi a un hombre que siempre había estado ahí pero que nunca me había llamado la atención. Tenía el cabello rubio, ralo, y un gran bigote que pendía sobre su boca fina como yerba seca. Bajo sus ojos pequeñitos, llenos de brillos lejanos, dos bolsas de arrugas dibujaban una expresión de cansancio en su cara. Me acerqué a él. Ya cuando el tren llegó, entré al vagón y me senté al frente a él. Pronto llegamos a la Ayala y bajo la opacidad y la reverberación fantasmagórica del andén, escuché las voces de los niños. Cuando el hombre los oyó se puso rápidamente la capucha del abrigo y se hizo el dormido. Apretó duro la mandíbula y cerró los ojos, conteniendo la respiración como si fuese a zambullirse en agua. Las voces de los niños pronto se volvieron más corpóreas, y estos aparecieron junto al vagón. La niña se acercó a la ventana y repitió la frase de siempre. Luego se fue alejando con su hermano para ver el próximo vagón. El tren cerró las puertas y el hombre respiró de nuevo. Muy en lo hondo de sus ojos, parecía haber cristales rotos. Toda la maquinaria del tren arrancó y comenzó a arrastrarnos lejos. Afuera, vi a los niños perderse rápidamente. A la distancia, arrollado por el sonido largo y metálico del tren, escuché algo parecido a un llanto.

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