Noria

Madrid. Octubre 2012

Se empeñó en subir a la noria aunque yo temía marearme. Con ilusión infantil me arrastró de la mano hasta la entrada y me besó apresurada en la mejilla mientras esperábamos. Tan mecánico como el aparato, el empleado recogió los tickets y nos acomodó en una cestilla ondulante. Cuando comenzamos a elevarnos, sentí encogerse el estómago, no sé si por la altura o porque ella se había sentado a mi lado; sus ojos brillaban como las luces de la feria que yo veía borrosas por miedo a moverme demasiado. Al tercer giro me besó y, bien por la emoción, bien por la tensión, casi vomito todas las palomitas. El mareo me duró buena parte de la noche y aun ahora me estremezco cada vez que paso junto a una noria pero aun no sé si se debe al recuerdo de sus caricias o al miedo a las alturas.

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