Trampa

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Octubre 2011

No sé si me atrapó el duende que escondía o las palabras de amor que Cole Porter compuso para Ella y que ella repetía en mi oído confundiendo su voz negra con la de la diva. Sólo sé que la conversación corría como la cerveza y los camareros, cómplices, nos echaban arroz para celebrar el encuentro que aún no se había producido.

No sé si supe que la amaría cuando me brindó los ojos a través de la copa o cuanto tomó mis manos para deslizarnos sobre las baldosas al ritmo del swing de la orquesta. Sólo sé que me llevó hasta su lecho en una estela y con el velo de sus labios me envolvió hasta encadenarme a su cuello blanco como la espuma que bebimos.
No sé si olvidamos preguntar números y nombres por el trajín de caricias y cantos o el inconsciente calló las preguntas insípidas para evocar la magia del encuentro como un sueño. Sólo sé que encontré el duende escondido, que la sonrisa dibujada en su cara parecía más roja al amenecer y que cada vez que escuche a la Fitzgerald salivará mi piel rememorando sus mensajes cifrados de amor.
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