Morriña

Cea (Ourense). Agosto 2011

La tarde de aquella mañana en que el horno coció su última hogaza, cuando se hubo vendido la última pieza, el panadero se desabrochó con nostalgia el delantal y lo depositó sobre la mesa de amasar. En su cuarto le esperaban dos pequeñas maletas y un billete de tren. Ahora no huele a levadura y leña al amanecer pero junto a la pala que sacaba los chuscos del fuego aún descansa la morriña que no pudieron comerse las polillas que royeron el mandil.

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