Despegue

Nuévalos (Zaragoza). Julio 2011

Por aquella época aún volaba alto, ciego a la fragilidad de las alas, sin pensar en la próxima caída. Aquella mañana desayunamos besos y promesas y, con la puerta entreabierta, un hastaluego de postre. El sol del amanecer entraba por las buardas mientras los escalones de madera crepitaban bajo sus pies y yo quedaba sobrevolando los tejados. Por aquellos días se adivinaba la primavera y salí a celebrar el futuro vistiéndome de color.

Aquella tarde no hubo merienda y el silencio de su llamada me hizo perder altura. El sol se puso de repente y con el ocaso recibí su despedida. Entonces reventé contra el suelo.

Tanto me costó el despegue que ahora vuelo rasante pero aún conservo aquella camisa con la que celebré el engaño. Hoy al atardecer, mientras el viento luchaba contra el mes de marzo, otros ojos han acariciado esa tela para recordarme que el viaje continua.

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