Para lavar

Nuévalos (Zaragoza). Julio 2011

La camisa negra se retiró, muy cansada, al cesto de la ropa sucia. Había sido un duro día.

Amaneció antes de tiempo, pues no le tocaba trabajar, pero todas sus compañeras estaban indispuestas. El calor artificial de la oficina la impregnó de sudor prematuro y, a medida que avanzaba la mañana, iba perdiendo su compostura. Después, el humo del tabaco y el olor a frito en ese restaurante abarrotado y ruidoso la dejaron sin deseos de volver a estirarse en el despacho; su mal aspecto aumentaba al tiempo que su fatiga. Pero aún no podría descansar pues sustituyó a una raída camiseta durante unas horas de agitación y le exigieron que mostrara su mejor cara para la reunión posterior en la que, además, recibió abrazos y palmadas en la espalda. La luz de la calle se confundía con su color y debía seguir allí, pegada a ese cuerpo al que llevaba horas acompañando sin tener ocasión de despegarse unos minutos siquiera para respirar. Ya no sabía que talante lucir en la fiesta. Le salpicó la nube de un estornudo, la baba de un bebé, el aliño de una ensalada, tres gotas de vino tinto, algunas migas de tarta de fresa, los pelos del gato, la espuma del fregadero y la comisura de un beso.
Y cuando creía que su trabajo había terminado, la despertaron para empapar los ríos desbordados de la pasión.

Más lavadoras.

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