Regreso

Madrid. Julio 2011

Tan difusa como la frontera del océano se dibujaba la línea que separaba su genialidad de la simpleza. Cada noche resultaba un enigma hasta que sonaban los primeros compases que, como naves sin timón podían arrebatarnos hacia magníficos destinos inexplorados o sumergirnos en un catastrófico naufragio.
Las noches brillantes se transformaba en el héroe de la escena y, aunque los días sin salida nos arrastrase con él a su indescifrable laberinto, no podíamos prescindir del sonido de su clarinete capaz de comunicar al auditorio la opacidad de su lado oscuro y la razón por la que se había convertido en un mito.
Rara vez se expresaba con palabras por lo que resultaba más inquietante aún moverse a su lado en un territorio desconocido para los ajenos en el que él mismo parecía un eterno viajero en busca de una utopía ignorada.
Finalizado el concierto todos recibíamos los laureles del éxito aunque no fuésemos más que pasajeros de aquellas melodías que él construía como balsas de náufrago imprescindibles para escapar de la isla maldita que le atormentaba y le impedía regresar del exilio al que él mismo se fugó para defenderse de un peligro anónimo.
Alguna noche sonrió con los aplausos y esa misma sonrisa repetida en las tardes de ensayo nos llevó a creer que había finalizado su viaje por el borde de la duda. Pero siempre llegaba el día en que desmontaba su instrumento antes de tiempo y reconocíamos que había regresado al punto de partida.

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