Reconciliación

Madrid. Abril 2011

Era uno de esos barrios donde conviven los madrileños más antiguos con los recién llegados de cualquier parte. Era una de esas calles donde no se escuchan los coches sino las conversaciones de los vecinos, que caminan sin prisa y se paran a saludar. Era uno de esos bares que parecen llevar puestos más tiempo que las aceras. Era una de esas barras ocultas por los aperitivos donde los camareros, con bigote y chaleco, llevan toda la vida tirando cañas “como toda la vida” y se conocen todos los nombres y todas las vidas.  Eran unos clientes con nombres propios que no escribían novelas aunque les sobrasen vivencias para narrar. Eran Paco, el electricista, que retrasa todas las noches el encuentro con la realidad de su casa; Antonio, de oficio desconocido, sin aspecto de frecuentar bares aunque siempre apoyado en la barra; Luis, el jardinero, que remata las jornadas apurando cervezas y debatiendo sobre la vida; Jesús, el albañil, Isá en su pueblo natal, ya olvidado al sur del estrecho. Era un nutrido grupo de filósofos de barra aunque ninguno terminara el bachillerato. Era uno de esos días en que me reconcilio con esta ciudad… y con la vida.

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