El lugar del crimen

Puerto de El Cardoso (Madrid). Enero 2011


He vuelto al lugar del crimen. Como aquel día, brillaba el sol con un fulgor especial y reverdecía el solar cercano anunciando la primavera. Como aquella mañana, he visto el paseo vacío y, sólo a lo lejos, he escuchado el eco de niños jugando y pisadas de algún corredor aficionado. Las farolas, los bancos y los raíles muertos del ferrocarril, testigos mudos, permanecen igual que en el momento del crimen. Pensé que un remolino recorrería mi intestino cuando volviera a aquel lugar, que la amargura del recuerdo se apoderaría de mi ánimo y me hundiría en el lamento. Pero la escarcha ha apagado el ardor de la memoria. Es cierto que me había preparado para protegerme de las nefastas consecuencias. Aún así, la escena se ha recreado ante mis ojos tan real como aquel día en que la asesiné. La asesinamos, debería decir, pues ella fue mi cómplice. Y volvería a hacerlo dos y mil veces. Volvería a matar la apatía, el aburrimiento y la monotonía como aquella mañana soleada en que en este mismo lugar nos armamos de besos, abrazos y sonrisas para acabar de una vez por todas con la amargura de los días grises.

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