Una noche

Rivas-Vaciamadrid (Madrid). Septiembre 2010

No sé si me atrapó el duende que escondía o las palabras de amor que sonaban de fondo y que ella repetía en mi oído confundiendo su voz con la que escupían los altavoces. Sólo sé que la conversación corría como la cerveza y los camareros, cómplices, nos echaban arroz para celebrar el encuentro.
No sé si supe que la amaría cuando me brindó los ojos a través del vaso o cuanto tomó mis manos para deslizarnos sobre la arena al ritmo de la banda. Sólo sé que me llevó hasta su lecho en una estela y con el velo de sus labios me envolvió hasta encadenarme a su cuello, blanco como la espuma que bebimos.
No sé si olvidamos preguntar números y nombres por el trajín de caricias y cantos o el inconsciente calló las preguntas insípidas para evocar la magia del encuentro como un sueño. Sólo sé que encontré el duende escondido, que la sonrisa dibujada en su cara parecía más roja al amenecer, que cuando escuche aquella canción salivará mi piel rememorando sus mensajes cifrados de amor.
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