Adiós

Oporto (Portugal). Junio 2008

Quizá en manga corta y con el sol brillando no habría llorado pero en las despedidas llueve, la gente lleva prisa y maletas y los trenes silban para recordar que nunca esperan a un abrazo.
Por eso aquella despedida fue en invierno, como otras, en una estación, como la mayoría, y los murmullos de alrededor podrían ser gente o viento o chirridos de vagones porque ellos sólo escuchaban latidos marcados por un segundero loco que no respetaba el compás del tiempo y aceleraba los minutos conforme los corazones se apuraban. El tren silbaba y los brazos se rompían aunque las miradas se enlazasen. El vagón se tragó un cuerpo y las escaleras mecánicas arrastraron el otro.

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