Drogas

Madrid. Julio 2007

Aún no es la hora. Faltan veinte minutos pero ya lo necesito. Intento concentrarme en mis tareas y organizar la jornada pero no dejo de mirar el reloj. Diecisiete minutos. Me levanto, me estiro, miro por la ventana, me vuelvo a sentar. Catorce. No puedo adelantarme, tampoco quiero retrasarme. Sólo quedan once y mi estómago comienza a hervir. Trago saliva. Nueve y me levanto tan despacio como inquieto, quiero adelantar el tiempo para que desaparezcan los seis minutos que me quedan. Me muerdo las uñas, recoloco papeles. Tomo la chaqueta cuando sólo faltan tres minutos y salgo por la puerta con prisa pero conteniendo el paso. Dos. Salivo. Uno. Entro en el bar y allí están: sobre la barra el amargo café caliente necesario para despertar, en la mesa del fondo su dulce mirada azul, imprescindible para soñar.

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