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Chinchón (Madrid). Septiembre 2006

Mi abuelo tocaba las cucharas en las fiestas de los pueblos. Cuando se juntaba la familia por cualquier motivo, mi abuela cantaba y mis padres bailaban. Ninguno estudió música pero jamás perdieron el compás y su ritmo era admirado por quienes lo veían y escuchaban. Dos simples cucharas metálicas o una sartén con un tenedor y una voz cantando historias. ¿Hace falta más para sentir la alegría de la música?

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